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Tácticas II

Si me cuentan que sí,

miraré hacia el mar.

Sabré si tus pies llegaron, por fin.

 

Si me cuentan que no,

me sentaré al abrigo de aquella sombra.

Escucharé el temblor de las hojas en su rubor.

 

Si me cuentan que sí,

seguiré en silencio la melodía.

Buscando el reloj que perdí.

 

Si me cuentan que no,

robaré el olor de los nardos.

Lo guardaré en mi cajón.

 

Si me cuentan que sí,

taparé mis lagrimas.

Diré que de la luna volví.

 

Si me cuentan que no,

pellizcaré mi carne.

Sabré si aún suspiro.

 

Si te dicen que no canté,

amor, amor, tú no les creas.

 

 

Tácticas I

Mis dedos están inquietos,

busca que te busca.

Juegan con el viento,

bailan en mi nuca.

 

Les dejo ir.

 

Roban una caricia,

y se escurren por tu espalda.

Tienen prisa,

pero a veces, callan.

 

Son libres.

 

Se hacen agua,

susurran a la arena,

silenciosa escucha,

y un viejo recuerdo se acerca.

 

Yo les sigo.

 

Gotas de agua en movimiento.

tiemblan como una hoja,

no hay miedo.

Dibujan en el aire un lugar.

 

Suspiro.

 

 

 

 

 

 

Jugando

(Uno, dos y tres) Tapo mis ojos

(Uno, dos y tres) porque no te quiero ver,

(Uno, dos y tres) pero miro entre mis dedos y,

(Uno, dos y tres) entre las rendijas, te aprendo

(Uno, dos y tres) del derecho y del revés.

 

(Uno, dos y tres) La brisa me cuenta

(Uno, dos y tres) y cierro mis oídos

(Uno, dos y tres) porque no te quiero oír,

(Uno, dos y tres) pero sigo tu susurro

(Uno, dos y tres) por arriba y por abajo.

 

(Uno, dos y tres) Las horas callan,

(Uno, dos y tres) se hacen transparentes;

(Uno, dos y tres) me vuelvo a esconder

(Uno, dos y tres) y tú te acercas sin ver.

Uno, dos y tres: Golpeo la pared.

 

 

 

Una vez Juan

Decían de Juan que era todo ojos. Eran unos ojos difíciles de olvidar, de color pardo, un verde muy oscuro con unas pequeñas motas marrones muy claras, grandes, brillantes, profundos, raros, hermosos, parecían saber más cosas que el resto, hablaban y callaban; era inevitable e imposible no fijarse en ellos. A veces, sus pupilas se encendían junto al rosado de sus mejillas, Juan nunca se daba cuenta.

Fue un niño normal, se comportaba como todos los niños de su edad. Robaba huevos del gallinero de su abuela, hacía pellas junto a sus amigos, corría por los callejones de su pueblo, arriba y abajo, con un tirachinas siempre oculto en su bolsillo, reía; porque mientras corría parecía escapar, aunque él no lo sabía. Era feliz.

Fue un muchacho normal, hacía lo que hacían los muchachos por aquella época. Se arreglaba el pelo con un pequeño peine que siempre llevaba en el bolsillo, conquistaba a diestro y siniestro con su sonrisa y una mirada que obligaba a quedarse inmóvil ante ella, iba a bailar con las muchachas, aprendía a vivir, aprendía a acariciar, aprendía a desear.

Un viejo seiscientos fue su mejor aliado, hasta que una madrugada helada y fría le falló. Mientras esperaba, no sabía muy bien qué, sus extremidades se marchaban con el frío, una a una, tenía mucho sueño, cada vez más y quería dejarse llevar, pero una voz ruda de un bigotudo guardia civil lo trajo de nuevo con su dolorido cuerpo; trataba de escapar, pero seguía sin saberlo.

Fue un novio y marido normal, pero su alma libre (siempre callada, siempre obediente, siempre escondida) le empujaba a conocer otras pieles. Mientras volaba bebiendo otros alientos, escapaba sin poder evitarlo, pero no lo quiso ver.

Fue un padre normal, decía lo que otros padres decían, marcaba normas (suyas y de otros), acertaba y se equivocaba, pero amó sin límites. Mientras amaba escapaba sin remedio.

La vida le fue arrebatando su niñez, su juventud, otros se marcharon sin explicación, sin despedidas; sin embargo, la vida también le regaló alegría, deseo, amor, amistad, pero su alma adormilada no lo sentía ¿estaría enferma?. Juan quería escapar, pero no sabía cómo, no había un porqué, sólo cerraba una puerta imaginaria y continuaba. Junto a él había ido creciendo una sombra que no hablaba, no se movía, sólo estaba ahí, cada vez más grande y espesa. Él sólo quería escapar y la sombra le miraba sin mirar.

Un día, la sombra dio un paso hacia delante, Juan la miró con dudas pero no se sobresaltó, de alguna manera esperaba este momento, sintió cierto alivio, era raro, había paz. Tendió su mano y la rozó con la punta de sus dedos. Su cuerpo temblaba, se estremeció, un sentimiento de nostalgia lo invadió.

Allí estaban sus carreras entre viejos callejones, su querido tirachinas, algún que otro adiós que no le dejaron dar. Sintió miedo, vio que esa sombra era mucho más grande de lo que él recordaba, aunque era tentadora, estaba llena de un ayer sin terminar; se acercó más a ella, tocó su viejo seiscientos, escuchó una vieja canción de Jacques Brel, acarició una piel olvidada, encontró risas perdidas. Él sólo quería escapar.

Salió de la sombra de un salto, sólo habían pasado unos minutos pero en realidad le habían parecido horas. Esa intensidad le llamaba con tanta fuerza, era difícil resistirse, era adictiva. Era de día, el sol clamaba su importancia y sus brazos llegaban hasta la otra punta de la habitación, ahora estaba de pie y solo. Llamó varias veces, pero solamente hubo silencio. La sombra crecía a cada segundo, cada vez más y más grande, cada vez más y más cerca, se fue haciendo hueco frente a él: ella sí que estaba allí. Juan la miró fijamente, sus pupilas se encendieron, respiró hondo y escapó.

 

 

 

 

Mar

No lo puedo evitar, soy mar.

El mar me robó una mañana,

de eso hace mucho ya,

pero en el mar no hay tiempo, sólo mar.

Una vez fui mirada pequeña que quería ver más,

y el mar me robó.

El mar me arrulló y me ganó;

me dejó tocar el infinito con mis dedos.

Ese vaivén que me llevó y que me trae,

Siempre voy a buscarle, esperando…

no sé, quizás nada,  pero encuentro todo.

Cada vez descubre quién soy,

y soy diferente cada vez,

como sus olas.

Me enseñó bien, inventarme cada vez:

bien sea por la luna o por el viento; da igual.

El mar te roba y te quedas siempre con él,

soy agua entre dedos invisibles

que me atraviesan y desaparezco,

espero un momento, sin respiración,

y vuelvo de nuevo.

Mis pensamiento se disgregan entre la espuma,

quedo yo, los ruidos se van lejos.

Escapo otra vez, y el mar me vuelve abrazar;

me dejo querer, así, sin razón.

Una lucha que pierdo sin remedio.

Gana el mar.

Aunque vaya lejos de él, soy mar

su sonido está en mí:

en mis oídos, en mis manos,

en mi nuca, en mis ojos,

en mis palabras.

No lo puedo evitar, soy mar.

 

 

 

 

 

 

El lugar de los porqués vacíos

Dímelo otra vez

¿cómo eran aquellos árboles? ¿cómo eran las tardes?

Cuéntame si respirabas a destiempo

¡Grítame!, pero no calles.

¿cómo eran los escalofríos? No rías

Dime cómo eran.

Cuéntamelo, cuéntamelo una y mil veces más.

No escondas el recuerdo. ¡Habla!

¿Cómo era la brisa? ¿cómo eran las noches?

¿tuviste miedo?

Tu silencio no sirve. No mientas con él.

¿Cómo era el dolor?

La verdad requiere sólo de rendijas.

Cuéntamelo, cuéntamelo una y mil veces más.

¡Te estoy hablando a ti! ¡Di!

¿Cómo eran las palabras? ¿eran agrías?

¿Cómo era la oscuridad? ¿y la luz? ¿cómo entraba la luz?

¡Mírame! ¿cómo era? ¿te clavaste las uñas para no llorar?

¿te mordiste la boca para no gritar?

Dime, ¿cómo eran los caminos?

¡Máldito loco mundo! ¡Máldita yo!

Y tú no calles.

Cuéntamelo, cuéntamelo una y mil veces más.

Eso elegimos, ahora es tarde, habla… el tiempo es el que es.

¿Cómo eran las mañanas? ¿cómo se escurría el sol entre persianas?

Recuerda los porqués, ¿dónde están?

¡Máldito tu aliento! ¡Máldito mi pulso!

¡Tristes almas cobardes!

Cuéntamelo, cuéntamelo una y mil veces más.

 

 

 

Un ahora y un yo

No es suficiente. Respiro
Erra el silencio. Anudo
Miente el dolor. Callo
Vuelve otra vez. Cierro

Éramos algo. Frío
Muda escucha. Canto
El susurro vive. Escapo
Un camino sueña. Miro

Caricia escondida. Deseo
Escalofrío que huye. Abrazo
Una pesadilla hermosa. Amo
Un sino perdido. Espero

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